Soy un estudiante en Cuba de la Caridad

Escrito por Abdiel Bermúdez Bermúdez (@abdielbdez en Twiter) Foto: Leandro Armando Pérez Pérez (leopp77@gmail.com)

El título no resultará desconocido para quien leyó el el artículo “Cuba de la Caridad”, del periodista José Alejandro Rodríguez, redactor del diario de la juventud cubana. Pero aclaro: no pretendo reproducir lo que ya fue publicado, y menos aún parafrasear a un colega que puso sobre el tapete lo que otros dudan en decir, o mejor dicho, en escribir. Mis palabras son otras, y muchas veces van adonde mi voz no llega.

Sí, soy un estudiante en Cuba de la Caridad, la misma que levantó sus manos a más de un Dios cuando los tiempos de la crisis motivada por el desmoronamiento del castillo de arena construido a base de sudor, espíritu rojo, hoz y martillo; la misma que se quedó colgando del cero de la aguja que marcaba el límite del descenso destemplado de una economía dependiente; y la que ha llenado a cuentagotas la copa de un esfuerzo sobrehumano cuya única alternativa –para bien nuestro– ha sido la de “construir” nuevos sueños y derribar viejas pesadillas.

¡Claro que Cuba de la Caridad existe! Es real, verídica, cierta. Quizás más de uno haya preguntado su dirección para escribirle, pero Ella no tiene sus oficinas rectoras en El Cobre santiaguero, ni en las sabanas camagüeyanas, ni en lo alto de la Plaza. Sin embargo, no es difícil localizarla, porque está en todas partes… aunque haya quienes no puedan cerrar siquiera los botones de sus camisas, mientras las papadas les cuelgan cebadas junto al esternón. Hay de todo en la viña del Señor, ¿o no?.

Y sé, a ciencia cierta, que Cuba de la Caridad también existe para mí, estudiante de cualquier nivel y de cualquier edad, que voy –como Ella– vestido de sacrificios al aula, con cereal matutino y potaje vespertino, con pepinos sin pelar y sin aceite, con poquísimo pero con mucho, con grandes ganas de vivir, con más deseos de poder que de necesitar, pues todas las carencias son vulnerables ante los hijos de Cuba de la Caridad, que dormimos lo mismo en colchones de lana, que de aserrín, o de esponja. El que se resuelva en el almacén. No importa. El estudio es lo primero. Estudio, luego existo.

Eso sí, como dicen mis vecinos de las 90 miles: Sufro de medicinas que atentan contra mi educación: Para hacerme mejor me han vacunado con computadoras, vídeos, TV y con cuanta locura se le ocurre a ese barbicano septuagenario que no aparta sus ojos de mí ni un instante. No me deja espacio para la prostitución, el vicio o las drogas. Le ha montado una guardia permanente a mis ansias de “no hacer”, y para ello me ha dado los títulos honoríficos de Médico del Alma, Maestro Emergente, Graduado del Curso de Superación Integral para Jóvenes, Valiente… ?¿Habrase visto antes tamaño atentado contra lo peor de mí?!

Sucede –sin otra explicación– que ahí está el futuro de Cuba de la Caridad. No lo busques debajo de los mares ni en las sombras de la noche. Está ahí, bien cerca. Casi lo siento respirar sobre mi hombro. Y me dice que Ella espera más, no sabe cuánto ni hasta cuándo. Quizás por siempre.

Y yo, Su estudiante, estoy dispuesto a darlo todo.

¿Que no funcionan los elevadores? Los indígenas arrollados por la cruz y la espada subían las laderas a mano y bejuco, y no extrañaron nunca la caja rectangular que puede apagarse en pleno ascenso si en algún momento falla el fluido eléctrico, ¡y mira que los claustrofóbicos no aguantan ese queme!

¿Que no dieron pollo hoy? ¿Que en otros lares sí y en estos no? ¿Que si mucho o si poco? ¿Que si de gris día y noche? Vamos, que Cuba de la Caridad es enemiga acérrima de interrogantes “flojistas”, y no hay nada que se haya catalogado de imposible ni a lo que se le haya dicho un “tal vez”.

Escasean las libretas. Se han perdido los lápices…que nunca alcanzan. No funcionan los teléfonos. Se rompen las calderas. Se “cae” el Servidor. Se restringe Internet. Y, sin embargo, no nos morimos. ¿La razón? : cuando un hijo de Cuba de la Caridad nace y se alimenta de Ella (digo un “hijo”, no uno que haya salido gateando sobre el agua en busca de leche materna artificial), no hay nada en el mundo que lo amilane. No hay brazos cruzados ni quimeras ambulantes. No hay temor a la ayaca ni al quimbombó. No valen bloqueos ni libretos bushísticos. Ni bombas ni chantajes. Ni dádivas ni amuletos. Porque en Cuba de la Caridad, amigo mío, no hay más que verde en la mirada y un rojo irreductible latiendo con vehemencia, aquí, bajo pecho, ligeramente a la izquierda.

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